Recuerdos de Iván Ríos, un hermano en la lucha

Por Gabriel Ángel

Recuerdos de Iván Ríos, un hermano en la lucha
La conversación tenía lugar en algún paraje de la sierra, a la altura de Ciénaga, desde el cual era fácil divisar los grandes barcos que se acercaban o alejaban del puerto de Santa Marta. Participábamos en ella Adán Izquierdo, Simón Trinidad, y yo entre otros. Alguien había comentado acerca de nuestra situación al ingresar a filas, y hecho mención de cuán valientes habíamos sido por haberlo dejado todo y emprender una nueva vida en la guerrilla.

Adán era un maestro, un hombre de enorme seguridad en sí mismo y excelente sentido del humor. Sus palabras brotaron en el tono enfático de quien desea poner fin a la conversación que toma un rumbo errado. Nos miró al rostro y luego dijo, ustedes, al ingresar, no han demostrado ser valientes. Lo que han demostrado es ser consecuentes, que no es exactamente lo mismo. Por un instante nos miramos sorprendidos a los ojos unos a otros.

Entonces, con esa espontaneidad irrefrenable que me ha caracterizado en momentos así, y que tantas risas como resentimientos ha sabido despertar, intervine de pronto para decir que nosotros, al ingresar, no habíamos sido ni consecuentes ni valientes, lo que habíamos sido en realidad era unos irresponsables. La carcajada general con la que se celebró el apunte fue bien larga. Y el mismo fue traído varias veces a cuento a lo largo de los siguientes años.

Recuerdo ahora esa anécdota antes de referirme a Iván Ríos, uno de esos hombres absolutamente convencido de las cosas en que creía, y por encima de sus propias limitaciones, poseedor de una valentía a toda prueba, rayana, como lo sabría después, en el más increíble grado de arrojo. Me enteré que en la operación militar en que se vio envuelto en el frente 47, que finalmente le cobró la vida, él había derribado un helicóptero artillado disparándole con el fuego de su fusil.

Peleaban con la tropa casi a diario, y en su delirio por la victoria, sabía ponerse siempre en primera línea y combatir como un guerrero experimentado. Aquella actitud podría calificarse como un error de su parte, no debería haberse quedado luchando en esa zona cuando su destino más lógico hubiera sido proseguir la marcha hasta Urabá, donde el Bloque que fue confiado a su mando tenía las mejores condiciones para resistir y golpear al enemigo.

Los problemas que Iván encontró en el frente 47, en Caldas, gravemente afectado por la infiltración y la desmoralización de buena parte de sus unidades, ameritaban ser tratados de otro modo. Pero a él se le antojaron tan difíciles y urgentes que decidió quedarse allí, para enfrentarlos en persona y dejar las cosas en mejor estado. Algo muy propio de su carácter batallador, un rasgo que el Ejército debió manejar para conseguir propinarle el golpe definitivo.

La guerra en sí se conoce por los partes militares que publican los bandos tras las acciones, los cuales sin embargo pocas veces revelan los pormenores de los hechos que conducen a los resultados. Cuando generales, ministros o presidentes ofrecen sus ruedas de prensa para hablar de algún triunfo obtenido, jamás dan cuenta de las bajezas empleadas, de las maniobras con frecuencia repugnantes a las que apelaron sus hombres para producir las bajas.

Por lo regular eso tan solo lo conocen los vencidos, los que pusieron los muertos, los retratados con sus cuerpos destrozados por los proyectiles, apabullados por el inmenso despliegue de la celebración mediática. Lo de Iván fue presentado como un éxito rotundo y así se fijó en la memoria de la audiencia, pese a que al conocerse levemente luego los detalles, el país pudo enterarse a medias de la tenebrosa maniobra que se empleó para matarlo.

Pero de eso no voy a hablar aquí. Creo con firmeza que la muerte que por desgracia le correspondió, riñó por completo con lo que un hombre como él hubiera merecido. Que lo otro quede para los desarrollos posteriores de la verdad y la justicia. Iván Ríos fue uno de esos seres que conservó a lo largo de su existencia, los rasgos del niño bueno y noble que debió ser en sus primeros años. La bondad, unida a cierta ingenuidad infantil, jamás se desprendió de él.

Diría que fue un hombre orgullosamente humano, capaz de conmoverse hasta las lágrimas con una historia dolorosa, de esas personas que se indignan abiertamente y no lo disimulan al tener conocimiento de una injusticia. Pequeño de cuerpo, quizás no llegaba al metro sesenta, se sentía reconfortado al afirmar que Bolívar, esa especie de alter ego que lo inspiró siempre, podía haber medido lo mismo que él. Y creo que se sentía llamado a emular sus hazañas.

Lo conocí en la sierra, en la primera parte del año 91, cuando en calidad de ayudantía del Estado Mayor Central de las FARC, llegó al Frente 19 a transmitir algunas orientaciones emanadas del Secretariado. Al saludarlo lo saqué de la concentración que ponía en la lectura de algún libro sobre El Libertador. Era unos años más joven que yo, y percibí por su conversación que era un hombre culto, muy leído, con su propia idea del papel de la cultura en la revolución por hacer.

Lo escuché con atención. Abría mucho los ojos al hablar y sonreía con frecuencia. Esa tarde cayó un aguacero de antología y debíamos levantarnos a media noche a marchar, para cambiar el sitio del campamento. Retengo aún mi escalofrío cuando miré el torrente del río Fundación que bajaba embravecido por obra de la creciente. Una luna llena brillaba limpia de nubes. Cruzar aquel obstáculo iba a ser una cuestión de pensar y hacer muy bien.

Me sorprendió la decisión con la que Iván se bajó el equipo y se mostró dispuesto a meterse al agua sosteniéndolo sobre su cabeza. Como si no estuviera frente a semejante peligro sino ante una mansa corriente de aguas claras. El mando del Frente procedió a organizar aquel cruce con todas las medidas de seguridad para evitar cualquier accidente. Pasamos al final con el agua al cuello, formando una cadena con las manos y guiados por los más fuertes y duchos.

Nunca olvidé el gesto del recién llegado, no dejó de parecerme una osadía. Varias veces, durante los siguientes años tuve una impresión parecida de él. Aunque siempre me pregunté si realmente poseía las condiciones para asumir los retos que con tanto entusiasmo se disponía asumir. En las FARC conocí hombres y mujeres verdaderamente asombrosos, que parecían haber estado ausentes el día que repartieron el miedo, trombas de energía capaces de lograrlo todo.

Creadores por excelencia, individuos a los que nunca vencieron las dificultades, a quienes en cada encuentro veía cada vez rodeados de un mayor desarrollo en múltiples sentidos. El Mono, Jorge Briceño, es el ejemplo clásico. Pero son muchos los que no conoció el país. Guerreros de marca mayor, expertos conductores de tropas en paz y en guerra. De aquel cuerpo de ayudantías al que perteneció Iván recuerdo especialmente a Oscar Narváez y Juan Carlos Castañeda.

Caídos finalmente en combate, y con quienes Iván compartió innumerables experiencias. De ellos, de Manuel Marulanda Vélez, quien lo tuvo en cuenta siempre como un cuadro con mucho futuro, de Jacobo Arenas, maestro al que admiró con veneración, de Efraín Guzmán que lo recibió en el Quinto Frente a su ingreso y descubrió en él sus especiales condiciones, de todos ellos debió Iván adquirir ese singular empuje personal que lo llevó a superarse día a día.

Aunque no se hubiera convertido propiamente en un cuadro militar, debido al tipo de misiones en las que tuvo de desempeñarse la mayor parte del tiempo. Iván Ríos brilló particularmente por el universo ideológico, político, cultural, organizativo y educativo que recogió su inteligencia privilegiada y que supo poner generosamente al servicio de la causa revolucionaria. Siempre fue un fogoso defensor de la línea de las FARC y las determinaciones de su Secretariado.

Durante los años noventa fueron varios los encuentros que tuve con él y que me permitieron conocerlo cada vez más. Lo recuerdo pronunciando un encendido discurso en el Décimo Sexto Congreso del Partido Comunista en Bogotá, en agosto de 1991, y luego en sus entradas al Comando del Bloque del Magdalena Medio en el sur de Bolívar, en los tiempos en que fungía como encargado de los enlaces de la unidad con el ELN y el EPL.

Esas salidas y reuniones le permitieron vivir una serie de episodios de los que algo comentaba en nuestros encuentros. Tuvo a su cargo organizar el desplazamiento del Camarada Alfonso Cano a una de las cumbres de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, en uno de los frentes del ELN en Antioquia. Toda una odisea. Como la que vivió la vez que salió con Iván Márquez, y el vehículo en el que él viajaba fue retenido unas horas en el Caquetá por unidades del Ejército.

A mediados de los años noventa fue designado Comandante del Frente 24, en reemplazo de Mario Muñoz, quien había desertado con su compañera Lucía. Trabajamos de modo cercano hasta finales del año 95. Y luego cuando fue encargado de la Compañía Raúl Eduardo Mahecha, que tenía a su cargo las relaciones políticas del Bloque con las organizaciones de masas. A fines del 97 fue nombrado en la Comisión Política Nacional y viajó a trabajar al lado de Alfonso Cano.

No volví a verlo hasta cuando hicimos parte de la Comisión Temática en los diálogos del Caguán. Él era el encargado de ella, y creo que fue en esa posición cuando desplegó con plena propiedad sus condiciones ideológicas, políticas y personales. Lo vi mucho más maduro y seguro de sí, dependiendo directamente de los camaradas Manuel Marulanda y Raúl Reyes, al tiempo que recibía la asesoría permanente del Camarada Alfonso. El país también tuvo noticia de él.

Para entonces era un hombre de condiciones brillantes. Escribía bien, con una notable carga emotiva en sus artículos y discursos. También destacó como un orador impactante. Las audiencias públicas eran transmitidas al país por la televisión y la radio oficiales, y él siempre consiguió sacar el mayor provecho posible de ello a favor de las FARC. En lo relacionado con el manejo del personal, cuadros y tropa a su cargo, también destacó por su buen juicio y tacto.

Leía mucho y gustaba de dar conferencias y largas explicaciones políticas a los visitantes que llegaban de todo el mundo al Caguán. Era paisa, de Medellín, pero tenía una visión realmente universal de la cultura. Disfrutaba con toda clase de música, hallaba especial deleite en el teatro y el cine, se embebía con la buena poesía. Y tenía un excepcional sentido del humor, contaba y reía a carcajadas con los cuentos, también cantaba y lo hacía verdaderamente bien.

Fueron muchos los ratos de jolgorio que pasamos juntos en los tiempos de la zona de despeje. Recuerdo que lo divertían enormemente las ocurrencias del El Mono, un cuadro elevado por entonces a nivel titánico, a todas luces opuesto a él en su origen y experiencia de combate guerrillero. El Mono se irritaba con las críticas que oía provenir de la Comisión Temática y las cobraba siempre con su habitual sarcasmo en las reuniones de mandos.

Lo mejor de Iván era sin duda su condición humana. Ese afán por conocer en detalle las historias personales de la gente y por identificarse con sus penalidades y sueños. No olvido la impresión que le causó conocer a su pequeña hija, una niña de seis años que le llevaron al Caguán y con la que pasó muchos días convertido en un padre orgulloso y tierno. Ni la manera bonachona como asumía los líos de amor en que nos veíamos envueltos los temáticos por aquellos días.

La muerte de Raúl Reyes, por la figuración ganada con su trabajo para las FARC, y los espacios políticos que había logrado ocupar, sobre todo en el plano internacional, constituyó sin duda un sensible golpe para la organización. La pésima nueva del asesinato de Iván, cuando apenas nos secábamos las lágrimas por la muerte de Raúl, como lo describió dramáticamente Marulanda en una de sus misivas, constituyó una sacudida violenta para todos.

Fue como si la paloma de la paz estuviera siendo destripada por el gobierno de Colombia con sus manos ensangrentadas ante los ojos del país. Como si trataran de decirnos que con la vida de los dos cuadros más destacados durante el proceso del Caguán, nos estaban cobrando el no habernos rendido. Las FARC asumimos con toda dignidad la afrenta. Conseguiríamos que se abriera otra mesa de conversaciones y otros cuadros nuestros se encargarían de ganar un acuerdo.

Las memorias de Raúl e Iván hallarían satisfacción plena con la paz. Así lo sentirán sin duda sus familias y allegados. Tiempo atrás estuvo en La Habana una hermana de Iván. Los suyos querían indagar sobre su vida y obra en las FARC a objeto de reconstruir su memoria vilipendiada. Habló con muchos de quienes lo conocimos. Cuando se despedía le eché un brazo por encima y le dije a manera de consuelo lo que se me vino a la mente en el momento.

Yo también tenía una hermana, que al igual que mis otros hermanos y mis padres, también habían extrañado mi presencia durante décadas. Viéndola a ella allí, me había dado por pensar que las cosas podían haber sido distintas. Que fuera mi hermana la que conversara con Iván, indagando sobre mi paso trágico por las FARC. Me identifiqué con ella y su dolor, la quise como a mi familia. Unos sobrevivimos, mientras que otros, quizás mejores, murieron en la lucha. Eso fue la guerra.

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